
Rabbit R1: cómo pasó del hype de CES a reinventarse con DLAM y OpenClaw
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El Rabbit R1 nació como uno de los gadgets más comentados de CES 2024: un dispositivo pequeño, de 199 dólares, con estética de “walkie-talkie” futurista y una tesis ambiciosa detrás. Rabbit no quería competir con el móvil en potencia, sino cambiar la interfaz: que tú dijeras lo que necesitas y un modelo —su idea de Large Action Model— lo ejecutara por ti, sin saltar entre apps.
El problema fue que el aterrizaje no estuvo a la altura del despegue. Durante los primeros meses, el R1 acumuló críticas por una experiencia irregular y por promesas que se percibían más como visión que como producto ya listo. Con el tiempo, el relato público se volvió más complejo: el dispositivo no desapareció, la compañía no dejó de empujar actualizaciones y, aunque el R1 nunca se convirtió en “el anti-iPhone”, sí empezó a encontrar un lugar más específico. Ese lugar, en 2026, ya tiene nombre: ser un mando físico para agentes.
El giro de 2026: DLAM y el R1 como “controlador de ordenador”
A finales de enero de 2026 Rabbit anunció su “primera gran actualización de 2026”, con un titular que, por fin, suena a dirección clara. La compañía presentó DLAM como una actualización OTA que convierte al R1 en un controlador de ordenador plug-and-play, es decir, en una especie de “mando a distancia” capaz de ejecutar tareas sobre tu equipo.

Este cambio es importante porque redefine qué intenta ser el R1. Ya no aspira a sustituir el ecosistema de apps, sino a ofrecer un acceso rápido —voz y botón— a acciones que viven mejor en el escritorio: flujos largos, navegación, gestiones repetitivas, pequeñas automatizaciones. Rabbit, además, lo acompañó de un mensaje que también explica el porqué del viraje: después de un año de iteraciones, dicen haber asegurado financiación nueva y quieren acelerar el ritmo de producto.
Entra OpenClaw: del agente open-source al compañero natural del R1
La segunda pieza de ese mismo anuncio fue OpenClaw, un asistente personal open-source que corre en tus propios dispositivos y responde en canales donde ya estás hablando —WhatsApp, Telegram, Discord, Slack y muchos más— con una arquitectura tipo “gateway”.
Rabbit confirmó que OpenClaw llegaba al R1 en versión alfa, y la lectura estratégica es bastante directa: OpenClaw pone el músculo de agente “de verdad” (integraciones, extensiones, ejecución local), mientras que el R1 pone el hardware dedicado para invocarlo como quien pulsa el botón de un walkie talkie.. En la práctica, la unión plantea un escenario muy concreto: el R1 pasa a ser un gatillo físico para activar un agente que vive y opera en tu ordenador o servidor.
Que este encaje haya cuajado se nota también fuera de los comunicados oficiales: han aparecido proyectos comunitarios para facilitar el emparejamiento entre R1 y OpenClaw, como configuraciones empaquetadas para levantarlo rápido y conectarlo al dispositivo.
Los usos más mediáticos: cuando un agente se pone a buscar trabajo por su cuenta
Si algo ha convertido a OpenClaw en conversación masiva en 2026 no han sido los tutoriales, sino los experimentos virales. El caso más citado estos días es Octavius Fabrius, un agente construido con OpenClaw que, como parte de una prueba, llegó a crear perfiles online y postular a 278 empleos en una semana. La historia abrió un debate incómodo y muy actual: si un agente puede operar “como tú” en internet, ¿dónde están los límites, quién responde si se salta términos de servicio o si hace spam, y cómo se controla que no derive en comportamientos no deseados?
Este tipo de casos son llamativos precisamente porque no están lejos del uso “serio”: un agente capaz de rellenar formularios, enviar mensajes y gestionar tareas puede ser productividad… o puede convertirse en un actor que ocupa espacio digital sin fricción. Y ahí es donde el hardware de Rabbit entra como un matiz interesante: un botón dedicado puede ser cómodo, sí, pero también reduce el coste psicológico de “disparar” acciones con impacto real.
El lado menos glamuroso: seguridad, “skills” maliciosas y el precio de dar permisos
La otra cara de la autonomía es obvia: para que un agente haga cosas, hay que darle acceso a cosas. Y OpenClaw ha sido noticia también por incidentes y vulnerabilidades. En los últimos días se ha hablado de “ClawJacked”, un fallo relacionado con el servidor local y el mecanismo de autenticación, con recomendaciones claras de actualizar a versiones parcheadas.
A esto se suma otro asunto igual de habitual en plataformas extensibles: la distribución de “skills” maliciosas disfrazadas de herramientas útiles, especialmente alrededor de criptomonedas, aprovechando que un skill puede tocar sistema de archivos y red si el usuario lo instala y ejecuta.
Nada de esto invalida el concepto; lo que hace es recordarlo con crudeza: el “asistente que actúa” se parece menos a un chatbot y más a instalar software con permisos. El listón de confianza tiene que ser más alto.
Entonces, ¿qué es hoy el Rabbit R1?

A marzo de 2026, el Rabbit R1 ya no se entiende bien como “el dispositivo que reemplaza apps”. Se entiende mejor como un interfaz físico —rápido, dedicado y de bolsillo— para invocar agentes que viven en otros sitios, especialmente en el ordenador. DLAM empuja ese ángulo de “control de escritorio”, y OpenClaw le aporta un ecosistema agente que no depende solo de Rabbit.
La pregunta relevante, ahora, no es si el R1 es “necesario” frente al móvil. La pregunta es si Rabbit logra que esa idea de “mando para agentes” sea fiable, segura y lo bastante simple como para que deje de ser un experimento de early adopters y empiece a parecer un producto con sentido para más gente.
Si quieres, lo adapto al tono exacto de Lobo Malo (titular SEO, entradilla más periodística, y un cierre con reflexión), pero manteniendo este estilo redactado, sin listas.















