Cuando se apaga la segunda estrella: la realidad menos fotogénica de la Selección Española

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Durante algo más de un mes, España pareció firmar una tregua consigo misma. La selección avanzaba en el Mundial y, con cada eliminatoria, el fútbol incorporaba a personas que normalmente no siguen una jornada de Liga, no conocen todas las reglas y apenas podrían nombrar a media convocatoria.

El 19 de julio, después de vencer a Argentina y conquistar su segunda Copa del Mundo, esa comunión alcanzó su punto máximo. El gol de Ferran Torres convirtió a un jugador discutido durante buena parte del torneo en héroe nacional. Las calles de Madrid volvieron a llenarse de banderas, camisetas y personas que durante unas horas olvidaron casi todo lo demás.

No había nada falso en aquella alegría. El triunfo deportivo fue real. España jugó un gran torneo y millones de personas encontraron una emoción compartida en un país en el que cada vez resulta más difícil encontrar cualquier terreno común.

El problema empieza cuando esa emoción se transforma en absolución. Cuando el futbolista deja de ser admirado por lo que hace con el balón y pasa a convertirse en una especie de representante moral de todo un país.

La selección puede unirnos durante noventa minutos. Eso no convierte automáticamente a sus integrantes en ejemplos fuera del campo.

Ferran Torres y el riesgo de convertir un símbolo político en una simple broma

Ferran Torres salió de la final convertido en el rostro del campeonato. Su historia contenía todos los elementos necesarios para construir el relato perfecto: el jugador cuestionado que aparece en el momento decisivo, marca el gol más importante de su carrera y regresa a casa como campeón del mundo.

Un día después, durante la celebración en Madrid, apareció con una gorra roja en la que podía leerse “Make Spain Great Again”.

La referencia no era especialmente sutil. Se trataba de una adaptación directa del lema “Make America Great Again”, convertido durante la última década en el principal símbolo político de Donald Trump y del movimiento MAGA. La gorra fue destacada tanto por El País en su crónica de la celebración como por Mundo Deportivo.

El gesto llegó incluso hasta el propio presidente estadounidense. Preguntado por la gorra, Trump afirmó que apreciaba lo que interpretaba como un homenaje a su lema, según recogió The Huffington Post.

Eso no permite afirmar automáticamente que Ferran Torres sea trumpista, que apoye al presidente estadounidense o que comparta todos los postulados políticos asociados al movimiento MAGA. El jugador no ha ofrecido hasta el momento una explicación suficientemente clara sobre el significado de la gorra. Presentarla como una declaración ideológica completa supondría ir más allá de los hechos conocidos.

Pero tampoco resulta convincente reducirla a un objeto completamente inocente.

Los símbolos políticos no pierden su significado porque los utilice un deportista durante una fiesta. Quien se coloca voluntariamente un lema electoral reconocible debe asumir que su gesto será interpretado políticamente, especialmente cuando lo hace ante millones de espectadores y durante una celebración institucional que pretende representar a todo un país.

Los futbolistas suelen pedir que no se politicen sus acciones cuando reciben críticas, aunque participan sin demasiados reparos en recepciones gubernamentales, fotografías con jefes de Estado, actos oficiales y celebraciones cargadas de símbolos nacionales.

La política parece molestar únicamente cuando obliga a explicar aquello que se ha mostrado voluntariamente.

La polémica inmobiliaria: una crítica legítima construida sobre datos confusos

La segunda controversia alrededor de Ferran Torres afecta a Eleven Future Invest, la sociedad inmobiliaria que comparte con su hermana.

La empresa comenzó a operar en 2022 y figura registrada con el objetivo de dedicarse a la “actividad inmobiliaria en general”, según la información mercantil recopilada por Newtral. En febrero de 2026, Torres realizó además una ampliación de capital de tres millones de euros, como publicó El Confidencial Digital.

Tras el Mundial comenzó a circular que el delantero “acaparaba veinte viviendas en Valencia” mediante una empresa equiparable a un fondo buitre. La acusación llegó a ser pronunciada públicamente por Alberto Ibáñez, portavoz de Vivienda de Sumar en el Congreso, quien utilizó el caso para denunciar la especulación inmobiliaria.

Sin embargo, la formulación concreta de esa acusación no se corresponde con la información que puede acreditarse.

Las publicaciones originales hablaban de una cartera cercana a veinte propiedades, no necesariamente de veinte viviendas. Además, esos activos estarían repartidos entre la Comunidad Valenciana y Cataluña, y no concentrados exclusivamente en Valencia. Parte de ellos serían locales, oficinas u otro tipo de inmuebles no residenciales.

La verificación publicada por Newtral concluye que no es posible sostener, con la información disponible, que Torres posea veinte viviendas destinadas al alquiler. Maldita.es también analizó la afirmación y señaló que la empresa del futbolista no puede definirse técnicamente como un fondo buitre ni que todas las propiedades mencionadas sean pisos.

España atraviesa una crisis habitacional en la que una parte creciente de la población tiene dificultades para acceder a una vivienda, mientras las personas con grandes patrimonios pueden seguir acumulando propiedades como mecanismo de inversión, protección y multiplicación de su capital.

En el primer trimestre de 2026, el precio de la vivienda aumentó un 12,9% interanual en España. En la Comunidad Valenciana, la subida alcanzó el 14,3%, de acuerdo con el Índice de Precios de Vivienda publicado por el Instituto Nacional de Estadística.

No hace falta inventar veinte pisos para poder señalar la contradicción.

Mientras una parte de la sociedad destina un porcentaje cada vez mayor de su sueldo a pagar un alquiler, quienes ya disponen de grandes cantidades de capital pueden acceder a activos que continúan revalorizándose. Unos compran una vivienda para vivir. Otros compran inmuebles para proteger y ampliar su patrimonio.

Ambas operaciones pueden ser perfectamente legales, pero no ocupan la misma posición dentro del problema.

El debate no debería consistir en convertir a Ferran Torres en el responsable individual de la crisis de vivienda. Debería servir para observar un sistema económico que permite que quienes ya poseen grandes fortunas encuentren en el ladrillo una seguridad que se vuelve cada vez más inaccesible para quienes solamente buscan un lugar donde vivir.

Borja Iglesias y el peligro de meter a todos los futbolistas en el mismo saco

La oleada de investigaciones improvisadas también alcanzó a Borja Iglesias.

En redes sociales comenzó a difundirse que su sociedad, Borja Patrimonial, incluía entre sus actividades la compraventa y el alquiler de bienes inmobiliarios. El dato registral es cierto, pero no demuestra por sí mismo que el delantero esté comprando viviendas para especular con ellas.

El objeto social de una empresa enumera las actividades que legalmente puede desarrollar, no necesariamente todas las que realiza en la práctica.

El entorno del jugador explicó a Newtral que la sociedad no posee viviendas destinadas al alquiler habitual, vacacional o temporal. Sus inversiones inmobiliarias estarían relacionadas con oficinas, bajos comerciales, supermercados y participaciones en proyectos hoteleros.

Iglesias también respondió públicamente a las acusaciones y negó que utilizara su sociedad para especular con viviendas, tal y como recogió Infobae España.

https://x.com/BorjaIglesias9/status/2079824933060796823?s=20

El caso resulta especialmente significativo porque Borja Iglesias fue uno de los pocos futbolistas masculinos que adoptaron una posición inequívoca después del comportamiento de Luis Rubiales en el Mundial femenino de 2023.

El delantero anunció que no volvería a la selección hasta que las cosas cambiasen y esos actos no quedasen impunes. Mientras buena parte del fútbol masculino guardaba silencio o se refugiaba en comunicados cuidadosamente calculados, Iglesias asumió públicamente una postura que podía perjudicar su carrera internacional.

Su reacción fue recogida por medios como El País, en un análisis sobre el silencio de los vestuarios masculinos ante el caso Rubiales.

No todos los jugadores son iguales. No todos tienen los mismos negocios, las mismas ideas ni el mismo historial.

Construir una lista indiscriminada de “trapicheos” puede ser emocionalmente satisfactorio, pero termina debilitando cualquier crítica seria. Si se acusa de especulación a cualquiera que tenga una sociedad cuyo objeto social mencione los inmuebles, se corre el riesgo de vaciar el concepto de significado.

Una mirada verdaderamente exigente debe ser capaz de cuestionar la inversión inmobiliaria de un futbolista y, al mismo tiempo, reconocer cuándo una acusación concreta no está demostrada.

También debe poder criticar a la selección sin convertir a todos sus integrantes en culpables por asociación.

La sombra de Rubiales sigue sentada en el banquillo

La contradicción más profunda de esta selección quizá no se encuentre entre los jugadores, sino en su propia estructura institucional.

Luis de la Fuente continúa siendo el seleccionador que aplaudió el discurso pronunciado por Luis Rubiales el 25 de agosto de 2023.

Aquel día, el entonces presidente de la Real Federación Española de Fútbol se negó a dimitir, atacó al “falso feminismo” y trató de presentarse como víctima después del beso no consentido a Jenni Hermoso.

De la Fuente estuvo entre quienes aplaudieron sus palabras.

Una semana después pidió perdón y reconoció que las críticas que había recibido eran merecidas, aunque descartó dimitir. Su comparecencia fue recogida por Cadena SER.

El seleccionador explicó que se había visto superado por la situación y afirmó que no se reconocía en aquellos aplausos. Sin embargo, la rectificación llegó cuando la caída de Rubiales ya parecía inevitable y la presión social, institucional y mediática había convertido su apoyo inicial en un problema profesional.

En febrero de 2025, De la Fuente declaró como testigo en el juicio del caso Rubiales. Durante su comparecencia negó conocer las maniobras internas de la Federación para tratar de exculpar al expresidente y se desvinculó de las reuniones en las que se diseñó la respuesta comunicativa de la institución.

Su versión, sin embargo, presentó contradicciones respecto a declaraciones anteriores y respecto al testimonio de otros integrantes de la Federación. El País reconstruyó su declaración y las discrepancias entre las diferentes versiones, mientras que Público recogió las contradicciones señaladas por la fiscal.

Eso no significa que Luis de la Fuente fuera condenado o procesado. No lo fue. Pero sí demuestra que su explicación sobre lo ocurrido dentro de la Federación dejó preguntas importantes sin resolver.

Rubiales, por su parte, terminó siendo condenado por un delito de agresión sexual por el beso no consentido a Jenni Hermoso.

En junio de 2025, la Audiencia Nacional confirmó la condena de dieciocho meses de multa con una cuota de veinte euros diarios, además de las correspondientes medidas de alejamiento y prohibición de comunicación. La resolución puede consultarse en la nota oficial publicada por el Consejo General del Poder Judicial.

El éxito deportivo de Luis de la Fuente no elimina esa historia.

Puede ser un magnífico entrenador y haber dirigido brillantemente a la selección durante el Mundial. También puede ser alguien que reaccionó de forma complaciente cuando la institución que le había otorgado poder se cerró alrededor de su presidente.

Una victoria no es un certificado de ejemplaridad

Existe una tendencia profundamente infantil a necesitar que los deportistas que admiramos sean también buenas personas, ciudadanos modélicos y representantes de nuestros propios valores.

Cuando marcan un gol decisivo los convertimos en héroes nacionales. Cuando descubrimos sus negocios, sus amistades o sus ideas políticas, sentimos que nos han engañado.

Pero ellos nunca firmaron ese contrato moral. Lo firmamos nosotros al confundir talento con virtud.

Los integrantes de la selección no son responsables de representar todas las sensibilidades del país fuera del terreno de juego. Tienen derecho a invertir su dinero, expresar sus ideas y cometer errores dentro de los límites de la ley.

Lo que no pueden exigir es inmunidad frente a la crítica mientras convierten su imagen, sus celebraciones y su vida personal en una fuente permanente de influencia y rentabilidad.

Tampoco resulta razonable perseguirlos por cualquier sociedad mercantil, cualquier inmueble o cualquier fotografía. La fiscalización debe basarse en hechos, no en la necesidad de encontrar rápidamente un nuevo villano cuando termina la fiesta.

La realidad incómoda no es que todos los campeones del mundo escondan algún escándalo. Esa afirmación sería falsa.

La realidad es que forman parte de una élite económica protegida por una industria que acostumbra a silenciar conflictos, premiar la obediencia institucional y convertir cualquier crítica en un ataque contra el fútbol, contra la selección o incluso contra España.

Podemos celebrar sin dejar de mirar

La selección consiguió algo extraordinario: unir durante unas semanas a personas que apenas comparten ya espacios culturales, políticos o generacionales.

Esa emoción no debe despreciarse. En una sociedad fragmentada, poder abrazarse por un gol sigue teniendo un valor enorme.

Pero la unidad provocada por el fútbol es una tregua, no una transformación social.

Cuando termina el torneo siguen ahí la crisis de vivienda, las desigualdades económicas, los símbolos políticos, las instituciones que protegieron a Rubiales y las grandes fortunas que encuentran en el ladrillo una seguridad inaccesible para buena parte de la población.

Quizá madurar como aficionados consista precisamente en aceptar esa contradicción.

Celebrar el gol de Ferran Torres sin necesidad de compartir sus símbolos. Cuestionar sus inversiones sin atribuirle propiedades que no están acreditadas. Reconocer el valor de Borja Iglesias cuando se enfrentó a la Federación sin convertirlo automáticamente en un santo. Admirar el trabajo deportivo de Luis de la Fuente sin borrar los aplausos que dedicó a Rubiales.

Podemos querer que gane España sin entregar a sus jugadores nuestra conciencia crítica.

Porque una Copa del Mundo puede convertir a un equipo en campeón, lo que no puede hacer es convertir automáticamente en ejemplares a todos los que la levantan.

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